2/2/17

Hotel La Mozaira, Alboraya

El hotel La Mozaira es de esos alojamientos que transmiten vida. Cada rincón de este pequeño paraíso de la Huerta Valenciana está cuidado con mimo, pensado y creado para que el cliente se sienta no como en casa, sino mejor.

El verano de 2016 fue algo peculiar y hasta septiembre no tomamos las vacaciones, para matar el gusanillo viajero hicimos varias escapadas cortas y una fue a Valencia. Allí decidimos alojarnos en La Mozaira, ya que está cerca del mar (que no al lado, hay que coger coche para llegar en pocos minutos) y tiene un espléndido jardín con piscina.


La Mozaira fachada


La Mozaira se encuentra en Alboraya, población "horchatera" por excelencia y que ya se ha integrado prácticamente en la ciudad de Valencia. Entre campos de chufa y tomando la salida de Port Sa Playa desde la autovía no tiene pérdida.

El edificio es el de una antigua alquería, restaurado con gusto y en el que se han habilitado 10 habitaciones cuidadas con mimo y que llevan el nombre de las mujeres de la familia.


La recepción en La Mozaira es amable y enseguida nos condujeron a nuestro cuarto, Balbina, en la primera planta y con vistas al jardín y a lo lejos al mar.

Hotel La Mozaira habitación


Decorado en tonos pastel, con el suelo de barro que transmitía frescor, colcha de hilo, aire acondicionado, vigas vistas en el techo, almohadones delicados, rincón de lectura y amplio armario, la primera vista fue increíble.

Después, al acercarnos al coqueto escritorio vimos el detalle de bienvenida de chuches y agua mineral que nos acabó de enamorar.

La Mozaira detalle habitación


Sin embargo, la mayor sorpresa nos la deparó el cuarto de baño, uno de los más bonitos en los que he tenido la suerte de estar. Amplísimo, con bañera exenta que rememoraba épocas antiguas, gran ducha en un rincón y lavabo encastrado en una encimera que más parecía una mesa, tenía todo lo que podáis pensar en cuanto a detalles de esos que tanto me gustan al viajar.

Toallas por doquier, albornoces, productos de bienvenida creados con cariño y mucha, mucha luz. Daban ganas de pasar más tiempo en el cuarto de baño (y por supuesto en la habitación).

La Mozaira baño


Tras dejar las cosas en la habitación nos fuimos al jardín, estupendamente habilitado para pasear, para leer en un rincón o simplemente para pasar un rato junto a la piscina larga y estrecha y con el agua realmente templada (por lo menos a esas alturas de agosto).

La planta baja del edificio alberga además el restaurante (donde se desayuna), un porche, una antigua cocina con azulejos valencianos y carrito de chuches (en el que siempre paraba Javier), y un salón-biblioteca más apetecible en época invernal pero en el que no nos pudimos resistir a curiosear un buen rato.

La Mozaira zonas comunes



El desayuno estaba incluido en el precio de la habitación y constaba de zumos, bollería, tostadas, ensalada de frutas, embutido y queso y lo que quisieras tomar caliente. Daba gusto levantarse con tranquilidad para desayunar en un ambiente exquisito, como todo en este paraíso.

La tercera noche nos quedamos a cenar allí y nos gustó, aunque nos pareció algo caro, pero debo decir que los productos y la elaboración de los platos estaban claramente en consonancia con todo en el hotel.

A cualquier hora del día daba gusto sentarse en el porche o junto a la piscina y tomar un café  rodeados de silencio, simplemente descansando.

La Mozaira cocina antigua

A pesar de estar en semejante paraíso, los tres días que estuvimos allí no paramos y fuimos a Valencia, ciudad que tanto me gusta, para dar una vuelta por su centro histórico y para conocer la maravillosa iglesia de San Nicolás que había sido restaurada poco antes. Otro día estuvimos con unos amigos en una población de veraneo cercana y los ratos libres disfrutamos del jardín, la piscina y el apacible entorno de La Mozaira.

Lo mejor de La Mozaira: el entorno, la decoración y el ambiente de sosiego que se respira en cada rincón del hotel.

Lo peor de La Mozaira: tenerse que marchar después de unos días estupendos.

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