19/1/14

Parador de Almagro

Desde hace unos cinco años, solemos hacer un par de escapadas anuales en Paradores de Turismo. El pasado puente de la Constitución queríamos ir a algún sitio que no estuviera lejos de Albacete y que Javier no conociera. Al final, optamos por Almagro, a un par de horas de nuestra ciudad de residencia y con los atractivos suficientes para disfrutar un par de días.


Fachada del Parador de Almagro


Buscando en la web, encontré una buena oferta para Amigos de Paradores que incluía la habitación doble con cama supletoria, el desayuno y media pensión a elegir entre comida o cena.

Lo que más me gusta de Paradores, es la vinculación entre turismo y patrimonio que realizan. La excepcionalidad del lugar elegido para situarlos (en la mayoría de los casos), consigue hacer alojamientos únicos a la vez que protegen dicho patrimonio y lo acercan a los clientes.

El Parador de Almagro cumple perfectamente estas premisas ya que se sitúa en un antiguo convento franciscano fundado por la familia Dávila de la Cueva en 1596. Más de cuatrocientos años después se mantiene muy bien conservado y el viajero puede disfrutar de toda una serie de dependencias cuidadas con todo detalle.

La sucesión de patios en torno a los cuales se organizan las habitaciones crean un ambiente de sosiego que dota al Parador de una personalidad excepcional.


Los colores de la vegetación en los días de otoño en que estuvimos, les daban un toque aún más recoleto si cabe. En uno de ellos se encuentra una agradable piscina para los días de calor manchego.

Las habitaciones se sitúan en las dependencias de los frailes, conservando elementos como los armarios con celosías de madera, los suelos de barro y los cabeceros de las camas que han aprovechado el antiguo alicatado. La nuestra, que era triple, contaba con un pequeño sofá-cama.


Nuestra habitación del Parador


La sucesión de detalles decorativos sorprendentes se da por todo el recinto: desde los indicadores de las habitaciones pintados al fresco sobre los muros, pasando por  los coquetos salones que se encuentran a modo de intersección entre los corredores, la recepción y su artesonado colorista, hasta el restaurante que se asoma con su viguería de madera a uno de los patios más bonitos.


La sala de desayunos se sitúa en el antiguo refectorio y la cafetería en la bodega del convento que, en sus dos alturas, estaba llena de forasteros y locales a media tarde.


Uno de los pasillos del Parador


Merece la pena comer o cenar en el restaurante del Parador, que combina la tradición manchega  (Duelos y Quebrantos, asadillos, berenjenas de Almagro) con técnicas y presentaciones del siglo XXI. Además, como en todos los Paradores, hay menú infantil.

Por todo esto, recomiendo pasar un par de días en este remanso de paz. Descansar en el antiguo Convento de Santa Catalina es para las personas de hoy en día un lujo simple que permite serenar no sólo el cuerpo, sino también el alma.


Lo mejor del Parador de Almagro: el recinto del Parador, una maravilla conventual llena de patios y silencios.

Lo peor del Parador de Almagro: fuimos en una época heladora, me gustaría conocerlo con calor para disfrutar del frescor de sus espacios.

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