14/12/17

Los ciervos de Nara, particulares mensajeros de los dioses

Los ciervos de Nara fueron una de las experiencias únicas del viaje a Japón. Ya sabíamos antes de ir que en el recinto del Parque de Nara íbamos a ver ciervos.

Pero nunca pensamos que sería así, que estarían moviéndose con tanta libertad y, sobre todo, que su interacción con los humanos fuera tan singular. El día que pasamos en Nara fue de lo más divertido y estos preciosos animales tuvieron la "culpa" en gran parte.


Estampa maternal ciervos

Los ciervos están presentes en toda la propaganda turística que puedes ver en Nara al llegar en tren, en la misma estación. Eso sí, son ciervos muy "kawai", muy monos y tiernos que te saludan con sus pezuñas y te dan la bienvenida a la ciudad.

Nara fue la primera capital de Japón y es una ciudad cargada de arte, con ocho bienes declarados Patrimonio de la Humanidad.

En el llamado Nara-koen o Parque de Nara se encuentran estos bienes culturales que hay que conocer, y en donde se puede pasar un día largo entre paisajes verdes, pagodas, turistas y ¡cómo no! los ciervos de la ciudad.

Figuras de ciervos en la estación de Nara


Los ciervos habitan en Nara-koen desde hace miles de años; eran vistos como mensajeros de los dioses y hoy en día se les considera Tesoro Nacional. Con la habitual educación de los japoneses, los coches frenan cuando pasa un ciervo por la carretera que cruza el Parque y tienen preferencia en todo momento.

Unos 1200 ejemplares viven allí, a sus anchas y lo recorren de arriba a abajo. Eso sí, los humanos a veces olvidamos que, aunque estén acostumbrados a vernos, no dejan de ser animales salvajes.

Dando galleta a los ciervos


Al poco de entrar en el Parque vimos que se arremolinaban ciervos y gente en torno a unos puestos que se reparten en la parte baja y que venden galletas para ciervos en paquetes de 100 yenes. Deben estar muy buenas, porque pierden totalmente los modales (los ciervos, se entiende).

En el primer puesto no hubo problema, compramos un paquete y, más o menos, conseguimos darles galletas a algunos, sin que nos apremiaran.

El lío vino un poco después, ya que comprando el segundo paquete uno tuvo a bien morderme en el culo. Ya sé que no era su intención, ellos llaman la atención del visitante tirando de la ropa para que les hagas caso y les des galletas, pero a mí me pilló un trozo de carne.

No me hizo daño pero cuando me giré para ver quién era, me encontré con un ejemplar enorme con una cornamenta nada amistosa.

Como no me caracterizo por mi valentía, todo sea dicho, le pasé el "marrón" a mi marido y le di el paquete de galletas... ¡qué exitazo tuvo! Sólo hay que ver la foto bajo estas líneas para darse cuenta.


JJ y los ciervos

Le dejaron bastantes babas en la camisa, apremiándolo para que abriera el paquete. Acabó tirando al aire las galletas y... sálvese quien pueda.

Mientras íbamos paseando por el Parque hacia los templos más importantes, vimos varias escenas de "persecución" ciervos-humanos, que, como cuando te caes, tienen gracia para los demás pero no para el que lo vive.

Ciervos acosadores

Según llegábamos al templo Todai-ji, visita estrella en Nara porque alberga al gran Daibatsu o Gran Buda, los ciervos se iban mezclando cada vez más con la gente, sin ningún tipo de reparo. En la gran explanada no vimos puestos de galletas pero sí que había curiosos carteles advirtiendo de lo que a veces uno olvida ante la presencia de esos bellos animales: que son salvajes y están en su casa.

Este cartel estaba justo al lado de una desprevenida señora que llevaba el bolso cruzado en la espalda y que, sin darse cuenta, tenía a un ciervo grandote hurgándole dentro en busca de comidas.


Cuidado con los ciervos


En lo alto de la escalinata de acceso al templo había animalitos tranquilos y hermosos en curiosa mezcla.

Sin duda al exotismo que para un occidental implica la visita a Nara, con el conjunto más hermoso de templos y paisaje de todos los que vimos en Japón, se le añaden los ciervos, creando un espacio único y singular.

En el templo

Para Javier fue una experiencia única y uno de los recuerdos que nunca olvidará de Japón. Él, más prudente que yo, no se atrevía a tocarlos ni a darles galletas, pero los observaba con curiosidad, especialmente cuando no eran demasiado grandes (jaja).

Según íbamos subiendo por el monte hacia los templos más elevados, los ciervos estaban más a su aire, menos "domesticados" y nada agresivos. De hecho podías pasar a un palmo de ellos y no había ningún tipo de problema.

Además, aprendimos viendo a japoneses haciéndolo, que si les enseñabas las palmas de la mano abiertas y sin nada, ellos no insistían y te dejaban en paz.

Javier mirando a un ciervo

Y hasta aquí nuestra experiencia con los mensajeros de los dioses que son los hermosos ciervos de Nara. Sin duda una visita que hay que hacer y que cuenta con el complemento curioso que son estos bellos animales.

Un ciervo pequeño en Nara

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